Tratamientos para el deseo sexual hipoactivo

En Centro Médico Sexológico Dr. Sapetti realizamos tratamientos para el deseo sexual hipoactivo (DSH). A continuación te ampliamos la información sobre él:



A la alteración en la etapa del deseo, que es anterior a la de excitación (erección en el varón, lubricación en la mujer), también se la conoce como DSH: es un término de reciente cuño, su sigla alude a una disfunción ya estudiada por la sexología: el Deseo sexual hipoactivo, que es un estado recurrente y persistente de ausencia de fantasías y deseos eróticos. Evitan los encuentros ya que no “tienen ganas”. Es más frecuente en las mujeres.

Puede ser primaria (de toda la vida) o ser secundaria a otro problema. La pérdida pasajera del interés por el sexo responde a diversas causas, que pueden ir desde un estrés laboral hasta un conflicto de pareja. No siempre la persona disfuncional es consciente del origen de su problema.

Un duelo no elaborado, el resabio de una educación represora, la crisis de la mediana edad de la vida, fracasos económicos o amorosos, otros problemas sexuales (anorgasmia, vaginismo y dispareunia, eyaculación precoz, disfunción eréctil), además de distintos medicamentos, pueden inhibir esta fase de su respuesta sexual.



El DSH hace que las evasivas a la hora del sexo, antes atribuidas sólo a las mujeres, también se hagan presentes en los varones. Si ellas adscriben a la frase "hoy no querido, me duele la cabeza"; ellos prefieren la excusa del cansancio o las preocupaciones para no hacer frente al problema.

Los tiempos difíciles que se viven también influyen sobre la predisposición erótica del varón. Las zozobras económicas o el temor a perder el trabajo lo hacen vulnerable a la disminución del deseo. Las ansias de éxito y poder económico, que también caracterizan nuestra época, pueden llevar a que los individuos eroticen más su ascenso social que la actividad sexual.

Es sabido que si ese varón piensa que va a fracasar en sus intentos sexuales (por padecer cuadros de impotencia o trastornos eyaculatorios) puede inhibir el deseo como una maniobra precautoria: para ellos es mejor evitar que “pasar un papelón”

Cuando usamos la sigla DSH estamos siguiendo una moda actual que presenta ciertas patologías de manera abreviada (TOC = trastorno obsesivo compulsivo, SIDA = síndrome de inmunodeficiencia adquirida, ACV = accidente cerebrovascular). Pero el deseo sexual hipoactivo no es una característica de nuestros tiempos ni solamente de las mujeres, sino que ahora, como muchos otros temas de la sexualidad, ha sido estudiada y catalogada de manera sistemática y puntual, apareciendo también en varones de diferentes edades.

La respuesta sexual puede ser dividida, con fines prácticos, en cuatro fases: deseo, excitación, orgasmo y resolución. La primera es previa al contacto en sí; se trata de un apetito o impulso producido por la activación de centros cerebrales que son específicos para tal fin y que se conectan con otras zonas de la corteza cerebral; normalmente, ante un estímulo adecuado y no habiendo interferencias o inhibiciones, ponen en marcha la respuesta sexual.

De una manera simple podríamos definirla como un "tener ganas" de iniciar un contacto corporal erótico.



Si bien hay que pensar muchas veces en términos de multicausalidad o -como decía Freud- de sobredeterminación causal, mencionaremos algunas de las más corrientes:

  • Los cuadros depresivos acarrean abulia y apatía, dejando de lado aspectos de la vida que antes eran importantes, y el Eros es una de las principales víctimas.
  • Las disputas conyugales continuas y permanentes, las frustraciones repetidas por impotencia, eyaculación precoz o el haber fingido los orgasmos durante años, van llevando a la baja del deseo como una manera de evitar el fracaso.
  • También disminuyen el deseo los conflictos neuróticos con relación al placer y al éxito ("los que fracasan con el éxito", decía Freud).
  • Los problemas derivados de una educación restrictiva donde el goce era pecado y digno del peor castigo.
  • Situaciones de vida relacionadas con pérdidas (duelos) laborales, familiares, amorosas, económicas, pueden llevar a la disminución de la libido.
  • El problema del alcoholismo, sin lugar a dudas, crea un permanente clima de malestar en el bebedor y su pareja, provocando episodios de celos, impotencia y agresiones; por supuesto que en este ambiente perturbado el deseo sucumbe.
  • En mujeres y varones que han sido intervenidos quirúrgicamente puede darse una vivencia castratoria o mutilante de la operación (de mama, útero, ovarios, próstata, ligadura de trompas, incluso la cirugía del frenillo), a consecuencia de lo cual se instaura un sentimiento de desvalorización, que termina en una marcada depresión del humor y del deseo erótico. Las cirugías cardíacas, a veces, suelen dejar un temor residual, aunque desde el punto de vista funcional el paciente esté mejor que antes de la operación; cuando persisten fantasías de muerte pueden evitar hacer el amor. Es posible que si alguien vivió la colocación de un DIU en forma conflictiva haya visto disminuir su deseo, pero no es lo habitual.
  • Muchos psicofármacos pueden producir, como evento adverso, disfunciones sexuales; tanto como otros pueden mejorar los cuadros depresivos, fóbicos, obsesivos y psicóticos y, de esta manera, hacer revivir el erotismo.
  • Las llamadas crisis vitales pueden acarrear disminución del deseo, aunque muchas de ellas puedan ser vistas objetivamente como logros: irse de la casa de los padres, jubilación, cumpleaños (los 40, los 50), casamiento, embarazo, postparto, el nacimiento de los hijos.
  • Todo descenso hormonal suele tener impacto en la esfera sexual: la etapa del deseo está influenciada por la testosterona que es la hormona del deseo, en los dos sexos. Esta hormona es producida en los testículos y en las suprarrenales en el varón y en la mujer sólo en estas últimas. El hipotiroidismo (menor producción de hormonas por la tiroides) o el aumento de la prolactina (hormona de la hipófisis) también pueden deprimir el deseo. No hay que olvidar que el sistema glandular está íntimamente relacionado con el sistema nervioso central, por lo cual toda alteración emocional puede hacer impacto en el llamado eje hipotalámico-hipofisario donde se maneja y regula la producción hormonal. La menopausia, por el descenso de la función estrogénica, puede presentarse con menor deseo sexual.
  • Hay medicamentos que deprimen la libido y la capacidad erectiva u orgásmica: la lista es bastante extensa, pero sólo mencionaremos algunos (además de los "remedios para los nervios"): los fibratos (usados para bajar el colesterol), los betabloqueantes y antihipertensivos, la sulpirida y la cimetidina (de empleo en afecciones gastroduodenales), algunos antidepresivos, los diuréticos, los antiandrogénicos (de uso en problemas prostáticos y ahora -lo que me da una cierta preocupación- propuestos para tratar la calvicie).
  • El consumo abusivo, crónico y permanente de tóxicos, drogas y cigarrillos van minando la salud y, frecuentemente, ocasionan trastornos erectivos y orgásmicos o DSH.



Me preguntan, muy a menudo, si la crisis económica afecta la respuesta sexual de quienes la padecen, ya sea porque están desocupados o, en su defecto, porque deben dedicar más horas a su trabajo.

Sin lugar a dudas, un individuo exigido, angustiado o deprimido por la incertidumbre e inseguridad socioeconómica, puede ver afectado su erotismo. Si bien no estoy en condiciones de asegurar que, en la actualidad, existan más individuos con disminución del deseo sexual, una simple deducción podría llevar a esa conclusión.

De todos modos, la experiencia en el consultorio me ha permitido observar que el fantasma del desempleo afecta doblemente a los varones y en mayor medida que a las mujeres. Por un lado lo sufre quien está desempleado y, por otro, quien tiene trabajo pero teme perderlo.

En este último caso suelen aceptarse condiciones que, en otros momentos, hubieran sido inaceptables, como la rebaja arbitraria del sueldo o el aumento de su jornada laboral y todo tipo de recortes en los derechos. Esto llevaría a la pérdida de la autoestima y a un derrumbe progresivo de la libido.



En el extremo opuesto vemos a quienes el trabajo les demanda una dedicación absoluta, algunos denominaron a estos como workalcoholic, verdaderos adictos al trabajo. En algunos de estos casos, los individuos erotizan otros aspectos de su vida: se libidiniza la profesión, el éxito, la imagen empresarial o profesional, la posesión de dinero, y se relega o relativiza el plano amoroso. El homo faber ha triunfado sobre el dios Eros.

Más allá de los casos particulares, existe en la sociedad una tendencia a valorizar los aspectos materiales y externos, antes que aquellos que podrían suponerse primarios o esenciales: quizás lo fálico de un varón no esté tanto en su genitalidad como en el poder que posee, ya sea económico o político y en el ostentar un coche, un yate o una mansión. Una posición encumbrada subyuga más que el compromiso afectivo y la entrega amorosa, aspectos que llegan a verse como una cierta pérdida de tiempo.

Podríamos hablar entonces de un erotismo del éxito. Orson Welles, en su memorable película El ciudadano, nos muestra que si alguien se decide a alcanzar el éxito y el poder como única meta, podría lograrlo. Pero nada debería desviar su atención de ese propósito excluyente, llámense amistades, familia, afectos, ideales y ciertos parámetros éticos; dentro de esta lista el amor es un elemento más a dejar de lado. En un tratado sobre la depresión, el psiquiatra español Castilla del Pino, señala algo bastante ilustrativo: "es común que un individuo se suicide por la pérdida de su empresa, por la ruina económica, pero no es tan común que se quite la vida por la pérdida de un hijo".



En muchos casos la convivencia puede enfriar el deseo sexual: la rutina, la chatura, el hastío; los conflictos conyugales pueden llevar a una inhibición del deseo sexual.

Se puede seguir amando a la persona pero no verla ya como objeto de deseo. Muchos cónyuges mantienen relaciones sexuales sólo para cumplir con sus deberes maritales, pero no las desean ni las disfrutan.

La mecanización de la vida erótica puede deteriorar el deseo tanto como padecer en alguna etapa de la vida alguna disfunción sexual específica (impotencia, anorgasmia, dispareunia –coito con dolor-, trastornos eyaculatorios) pueden acarrear una inhibición de la libido.

Pero no es una ley, como afirman algunos, que siempre se pierda la atracción sexual dentro del matrimonio: hay parejas que, sorteando las distintas crisis, han sabido mantener a flote su intimidad y siguen gozando a través de los años.



Es común detectar un DSH encubierto en cuadros de anargasmias femeninas o de impotencia, vale decir que el varón no tiene una buena erección porque, en realidad, no logra excitarse. Consultan por una anorgasmia o una disfunción eréctil pero esto es secundario a una ausencia de ganas.

Saber diferenciarlas es importante porque la orientación terapéutica variará según sea una fase u otra la que esté alterada. Incluso con el uso del sildenafil, tadalafilo o vardenafilo es importante reconocer esta diferencia diagnóstica porque la existencia del deseo sexual y una excitación adecuada, es fundamental para que los medicamentos para la erección actúen.

Antes, la falta de deseo se asociaba a las mujeres que evitaban los encuentros, por tener dificultades en excitarse o en lograr el orgasmo. En la actualidad también algunos varones ponen excusas cuando son requeridos por sus esposas; es decir que, ante la falta de deseo, dan rodeos y no plantean el inconveniente.

Muchos se escudan en el argumento del estrés o del cansancio laboral para evitar la relación; en cierta forma puede ser valedero, pero no lo es cuando se utiliza como pantalla para encubrir otro tipo de problemática.



Respecto al DSH es bueno señalar que también puede deberse a:

  • Fobias que se manifiestan en un aparente no siento interés, pero que esconden miedos: al sexo opuesto, a la penetración, a ser atrapada/o, a enamorarse y perder la libertad.
  • Los cuadros depresivos, tanto las depresiones mayores y graves como las leves o moderadas pueden acarrear este problema.
  • Ahora vemos con frecuencia los llamados ataques o desórdenes de pánico: crean una sensación tan angustiante, opresiva y restrictiva que pueden anular totalmente la vida erótica. Si bien son cuadros severos que se viven con dramatismo tienen buena resolución con los tratamientos combinados de psicofármacos y psicoterapia.
  • Represión debida a una educación sexual cerrada, o a conceptos religiosos muy arraigados en la infancia, donde imperaban la culpa y el castigo por el pecado de ser sexuados.
  • Fracasos amorosos, o más concretamente sexuales, también pueden inhibir el deseo.
  • Las personalidades obsesivas o el llamado TOC (trastorno obsesivo compulsivo) pueden llegar a bloquear o anular casi totalmente su vida erótica.
  • El miedo a fracasar durante el acto, ya sea por eyacular precozmente, por anorgasmia, dolor en el coito, o por no poder conformar a una pareja muy exigente, puede llevar a una persona a decir no tengo ganas, en vez de decir tengo miedo.
  • Este cuadro lo vemos con mayor frecuencia en mujeres.



Una situación de viudez o duelo por una pérdida puede llevar a un cuadro de DSH; he visto muchos casos donde una situación de duelo anulaba sexualmente a la persona, incluso sin que ella tomara conciencia del origen. No me refiero sólo a la pérdida de una pareja: la muerte de un hijo, de un amigo o de los padres, pueden inhibir el deseo. Como señalaba más arriba, muchas de estas personas no lo asocian con el dolor de la pérdida.

Consultan por su disfunción, hablan de la muerte de su pariente o pareja, pero dicen que no sienten ni creen que su problema se relacione con la pena que causó la partida del ser querido o la ruptura de un vínculo. Asistí a un paciente que recientemente había perdido al padre, pero estaba paralizado por el temor de no lograr la erección y esto era lo que más le preocupaba, no asociaba esa pérdida irreparable como el nudo de su drama sino que la impotencia era su mayor preocupación.

Una paciente me consultó por una obsesión de estar infectada de HIV, en un contacto en que, por las características del mismo, era altamente improbable que se hubiera realizado el contagio. Había abandonado sus tareas habituales, sus estudios, sus amigas, y había dejado de tener relaciones con su novio por el pánico al Sida. Su deseo sexual se hallaba anulado por completo.

Aun siendo el análisis no reactivo, insistía pertinazmente con lo mismo, pero en el interrogatorio aparecía que había muerto su madre un mes antes del supuesto contagio; no obstante, eso no le importaba tanto como la culpa que sentía por haberse contagiado de Sida.

Otro paciente había perdido un hijo pequeño tras lo cual se había separado; refería una ausencia total de “ganas de hacer el amor”; no obstante lo cual le hicieron diversos estudios y análisis, pero nadie se había tomado el trabajo de interrogar sobre este hecho que él no avizoraba como causante de su disfunción. Estos casos aparecen como una típica escena encubridora: un mecanismo de negación para no enfrentar el verdadero dolor.



El tratamiento de la inhibición del deseo dependerá de la causa: no merecerá el mismo abordaje la inhibición sexual por un problema hormonal o aquella producida por el mal uso de psicofármacos, que la presente en los cuadros fóbicos, obsesivos o psicóticos donde, por lo contrario, el psicofármaco racionalmente indicado será necesario.

En la debida a problemas situacionales o vinculares el tratamiento más utilizado y efectivo, a veces combinado con ayuda medicamentosa, consiste en una terapia sexual corta -entre 10 y 15 sesiones-. En algunos casos, bastará con que asista sólo el varón o la mujer disfuncional pero resulta bastante habitual, así como provechoso, que se convoque a ambos integrantes de la pareja.
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Muchas veces me preguntan si el Viagra ayuda en estos casos y diré que sólo de una manera indirecta cuando revierte cuadros de impotencia. Al mejorar la respuesta erectiva también el paciente logra desinhibirse, mejorando su deseo sexual.

Hablar de deseo hipoactivo (bajo), del deseo y no de pérdida, nos sugiere que en realidad nunca está perdido del todo, sino que Eros espera resurgir con fuerza -cual Ave Fénix- de sus propias cenizas.



En el extremo opuesto vemos a quienes el trabajo les demanda una dedicación absoluta, algunos denominaron a estos como workalcoholic, verdaderos adictos al trabajo. En algunos de estos casos, los individuos erotizan otros aspectos de su vida: se libidiniza la profesión, el éxito, la imagen empresarial o profesional, la posesión de dinero, y se relega o relativiza el plano amoroso. El homo faber ha triunfado sobre el dios Eros.

Más allá de los casos particulares, existe en la sociedad una tendencia a valorizar los aspectos materiales y externos, antes que aquellos que podrían suponerse primarios o esenciales: quizás lo fálico de un varón no esté tanto en su genitalidad como en el poder que posee, ya sea económico o político y en el ostentar un coche, un yate o una mansión. Una posición encumbrada subyuga más que el compromiso afectivo y la entrega amorosa, aspectos que llegan a verse como una cierta pérdida de tiempo.

Podríamos hablar entonces de un erotismo del éxito. Orson Welles, en su memorable película El ciudadano, nos muestra que si alguien se decide a alcanzar el éxito y el poder como única meta, podría lograrlo. Pero nada debería desviar su atención de ese propósito excluyente, llámense amistades, familia, afectos, ideales y ciertos parámetros éticos; dentro de esta lista el amor es un elemento más a dejar de lado. En un tratado sobre la depresión, el psiquiatra español Castilla del Pino, señala algo bastante ilustrativo: "es común que un individuo se suicide por la pérdida de su empresa, por la ruina económica, pero no es tan común que se quite la vida por la pérdida de un hijo".

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